Padres y lenguaje
¿Te imaginas aprender una palabra nueva de un idioma que desconoces cada hora que estás despierto? En pocos años podríamos ponernos al nivel de cualquier literato, ya que el vocabulario de un adulto medio está en 20.000 palabras y uno muy culto puede llegar a dominar unas 30.000.
Pues bien, el ritmo de aprendizaje de un niño entre los 18 meses y los cuatro años y medio es precisamente ese: una palabra nueva cada hora que está despierto. Al llegar a los cuatro años y medio, el niño conoce ya entre 10.000 y 15.000 palabras que domina y puede emplear perfectamente. Es decir, en sus primeros años, tu hijo va a aprender más acerca de las palabras y del lenguaje que durante todo el resto de su vida.
La capacidad que tu hijo desarrolle para comunicarse a través del lenguaje es muy importante porque influirá decisivamente en su capacidad para relacionarse, adaptarse, aprender y compartir lo que sabe, así como en su habilidad para ser creativo y autodeterminado. Cuanto más sepa comunicarse verbalmente, más posibilidades tendrá de relacionarse exitosamente con su medio ambiente.
Vistas así las cosas, lo ideal sería que a los cuatro años y medio de edad un niño dominara 15.000 palabras conocidas y que, en todo caso, llegara al menos a las 10.000. Pero ¿cómo podemos asegurar o favorecer ese aprendizaje en nuestro hijo?
Habrá quienes piensen que eso tiene que ver exclusivamente con las capacidades innatas de cada niño, que depende de si los padres son más o menos cultos, o que sería necesario un programa especial impartido por profesionales. Sin duda, esos factores pueden afectar en parte al desarrollo lingüístico de un niño, pero la clave fundamental en la adquisición del lenguaje reside en los mismos padres y en la relación comunicativa que establecen con su hijo desde que es bebé.
Cómo se aprende el lenguaje
Hasta finales de los años 50 se creía que los niños, al empezar a hablar, imitaban al adulto, tal y como lo haría un loro. Más adelante se demostró que esto no era así, sino que desde los primeros días de su existencia los niños incorporaban y asimilaban la información que percibían de una manera propia y después la corregían.
A los niños nadie les enseña las reglas de la lingüística. Nacen ya con las capacidades para aprenderlas. A su alrededor existen sonidos y significados, y ellos van a descubrir por sí mismos las reglas del lenguaje.
Al principio, el recién nacido no interpreta los sonidos: sólo los escucha y los retiene. Al cabo de un tiempo, agrupa los sonidos en tipos diferentes. Más tarde, gracias a la entonación de los mayores al hablar, aprende a diferenciar dónde empiezan y acaban las frases. Finalmente, relaciona lo que oye con lo que ve, y eso le lleva a la formación de palabras.
Pero los niños tienen un interés tan asombroso en adquirir nuevas palabras para relacionarse con su entorno que no esperan a que se las enseñen y se las inventan. Por ejemplo, si tu hijo ha observado en el baño la pastilla de jabón y sabe reconocerla, pero aún no sabe cómo se llama, es posible que en su lenguaje interno la llame «pum», «pom» o de alguna otra manera para entenderse. En cuanto le dices que eso se llama «jabón», abandona su palabra inventada y la sustituye por la correcta.
Su interés por comunicar cosas acerca de ella —por ejemplo que quiere tocar el jabón o que no quiere jabón— hace que incorpore la nueva palabra a gran velocidad. Gracias a ese interés y al sistema de invención de palabras, su proceso de aprendizaje es excepcional. Y lo mejor es que nosotros también podemos formar parte de este proceso, ayudándole.